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Cantinas centro historico: cuáles entran y cuáles no
Gastronomía

Cantinas centro historico: cuáles entran y cuáles no

7 min lectura mayo 2026

Hay un momento en toda cantina del Centro Histórico en que el tiempo se detiene: alguien pide otra copa, el mesero aparece con botanas sin que nadie las haya ordenado, y la conversación en la mesa de junto lleva media hora con el mismo argumento sin resolverse. Las cantinas del Centro Histórico de la Ciudad de México son, dependiendo del día y de con quién vayas, el mejor o el peor lugar para pasar una tarde. Esta guía distingue entre unas y otras.

Llegué convencido de que las cantinas de la Zona Rosa tenían más carácter. Me equivoqué. El Centro tiene una densidad de bares de este tipo que no existe en ningún otro punto de la ciudad: más de una docena en un radio de quince cuadras, muchas con más de cien años de funcionamiento ininterrumpido, algunas con clientela que parece llevar ahí la misma cantidad de tiempo. Lo que no voy a cubrir en esta guía son las cantinas de nueva apertura con estética vintage deliberada. Ese ejercicio de nostalgia construida es un tema aparte y, en mi opinión, un tema menor.

Qué hace diferente a una cantina del Centro Histórico

Una cantina no es un bar. La diferencia no es solo semántica. En México, la cantina tiene una lógica interna: el consumo de alcohol activa un sistema de botanas gratuitas que el establecimiento define, el mesero no pregunta qué quieres comer porque él decide qué te trae, y la cuenta funciona por consumo de bebida, no de comida. En el Centro Histórico este modelo sobrevivió con más fidelidad que en otras colonias de la ciudad, en parte porque la clientela lo exige y en parte porque los dueños más viejos no han encontrado razón para cambiarlo.

Las cantinas del Centro también tienen una geografía propia. La mayoría se concentra en tres ejes: el corredor de República de Uruguay, las calles adyacentes a la Plaza Garibaldi, y el tramo de Mesones entre Isabel la Católica y Correo Mayor. Fuera de esos tres corredores, lo que encuentras son pulquerías o bares con pretensiones. No es lo mismo.

Las botanas cambian según el horario, y nadie lo anuncia. Lo que sirven a mediodía, cuando entra la clientela de oficinas, no es lo mismo que lo que traen después de las cuatro de la tarde. Las botanas del turno tarde son más contundentes, más grasosas, diseñadas para sostener a alguien que ya lleva horas en la banca. Lo aprendí a las cinco de la tarde en La Ópera, cuando llegó un plato de caldo sin que nadie lo pidiera.

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Las cantinas que funcionan y por qué

El Nivel

Está en Moneda 2, a menos de cincuenta metros de la Catedral Metropolitana. Abrió en 1855, lo que la convierte en una de las cantinas en operación continua más antiguas de la ciudad. El espacio es estrecho, la iluminación no es generosa, y los espejos de la barra tienen esa pátina opaca que ningún diseñador de interiores puede replicar convincentemente. El pulque curado de apio que sirven aquí tiene una textura más densa que la mayoría. El precio ronda los $55 pesos (~$3 USD) por vaso y las botanas llegan solas: chicharrón, pepitas, tostadas con frijoles. No hay menú escrito. El mesero informa lo que hay.

Vale ir entre semana antes de la una de la tarde. Los fines de semana la mezcla de turistas y curiosos cambia el ritmo de la cantina y no siempre para bien.

La Ópera

5 de Mayo 10. Abrió en 1870. Tiene el techo más documentado del Centro: el agujero de bala que según la historia dejó Pancho Villa todavía está ahí, aunque nadie puede confirmar la versión con certeza y el establecimiento ha dejado de intentarlo. Lo que sí es verificable es la arquitectura: techos de madera labrada, cabinas de madera con cortinas, barra de caoba. El mezcal de la casa en vaso pequeño cuesta alrededor de $90 pesos (~$5 USD). Las botanas aquí son más elaboradas que el promedio: caldo, tostadas con diferentes preparaciones, papas. Es más cara que El Nivel y más concurrida que otras opciones. El precio de la atmósfera es real.

Reconozco una inconsistencia: La Ópera es la cantina que más recomendaría a alguien que visita el Centro por primera vez, pero es la que yo menos frecuentaría si viviera cerca. Tiene demasiada conciencia de su propio peso histórico. El lugar sabe que es famoso y se comporta en consecuencia.

Salón Corona

Bolívar 24. Fundado en 1928. Es más cantina de barrio que monumento, lo cual es un elogio. La especialidad no son los destilados sino la cerveza, servida en tarros fríos a $60 pesos (~$3.40 USD), acompañada de tostadas con ceviche o mariscos según el día. El ritmo es más rápido que en las cantinas de la barra lenta. La clientela mezcla empleados de gobierno, turistas que entraron por casualidad y grupos de amigos que llevan años usando el lugar como punto de reunión. Es ruidosa. El espacio no invita a la conversación filosófica. Eso es exactamente lo que la hace funcionar.

Cantinas que no recomiendo en el Centro Histórico

Hay un grupo de establecimientos en la calle de Honduras, cerca de Garibaldi, que usan la palabra cantina en sus fachadas y operan con una lógica completamente distinta: consumo mínimo, señoritas que atienden mesas de forma proactiva, precios que aparecen en la cuenta sin haber sido acordados. No son cantinas en ningún sentido funcional. Son negocios de entretenimiento nocturno que tomaron prestada la etiqueta. Entrar sin saberlo puede resultar en una cuenta de $800 a $1,200 pesos (~$46 a $69 USD) por persona sin haber comido nada; para contexto, vloggers en terreno (2024) documentan que una orden completa de pozole chico con bebida en Casa de Toño —a unas cuadras del Centro— sale en alrededor de $119 MXN en total, lo que hace aún más evidente la desproporción de estos sitios. La diferencia más fácil de aplicar: si la cantina tiene promotor en la puerta, no es una cantina.

Qué pedir y qué evitar en una cantina del Centro

El pulque curado funciona bien como entrada porque el alcohol es bajo y la densidad del líquido ralentiza la absorción. El mezcal joven en cantina es confiable; el añejo en cantina es un gasto que no se justifica porque el contexto no lo pide. El tequila de marcas comerciales en cantina es la opción más cara para el resultado menos interesante. Pide lo que sea de la casa antes de pedir por nombre.

Las botanas son gratuitas pero no infinitas ni universales. En cantinas de consumo alto por mesa, las reponen con más frecuencia. En cantinas con clientela de copa lenta, el flujo disminuye. Nadie lo va a decir en voz alta, pero el sistema tiene su lógica interna y conviene entenderla antes de esperar botana que no llega. Si antes o después de la cantina querés picar algo en la calle, los tacos de canasta en Los Especiales —documentados por creadores de gastronomía en terreno (2024)— rondan los $11 a $20 MXN por pieza según el relleno, y los tacos de chicharrón ahí son descritos como “muy sabrosos y jugosos”.

Horarios reales y cuándo ir

La mayoría de las cantinas del Centro abre alrededor de las 11 o 12 del mediodía y cierra entre las 9 y las 11 de la noche. Los domingos el horario se acorta en la mayoría. Los datos más confiables son los de Google Maps revisados en la semana en que vayas, porque los horarios cambian por temporada y por días festivos con más frecuencia de lo que cualquier guía puede actualizar.

El mejor momento para ir no es el que más turistas eligen. El jueves entre la una y las cuatro de la tarde tiene la mejor relación entre ambiente real y disponibilidad de espacio. El viernes por la noche tiene más gente pero menos conversación y más ruido. El sábado depende de si hay evento en el Zócalo; si hay, el Centro se llena de forma impredecible y las cantinas absorben ese desborde; según vloggers que recorrieron la zona en 2024, la energía del Centro en fin de semana es “alegre y muy concurrida”, lo que se traduce en tiempos de espera más largos en los lugares más conocidos.

Las cantinas del Centro Histórico no necesitan ser descubiertas. Llevan ahí más tiempo del que nadie en esta conversación lleva vivo. Lo que necesitan es ser visitadas con la disposición correcta: sin prisa, sin hambre real, sin esperar que el lugar se adapte a quien llega. El que llega se adapta al lugar, o se va.

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Ian Lewis
Sobre el autor

Ian Lewis

Cocinero y cronista gastronómico. Escribe sobre comida como si fuera historia: con nombres propios, precios reales y sin romantizar lo que no lo merece.