Las Quince Letras es la parada obligada para entender qué puede ser un mole cuando alguien se toma el tiempo de construirlo en serio: el negro, en particular, llega con una complejidad que detiene la conversación. El ambiente ayuda, con un rooftop que mira hacia la iglesia y las montañas, tortillas hechas en comal al momento y música en vivo que aparece entrada la noche. El servicio, cuando funciona, es de los que explican cada plato con orgullo genuino. Dicho esto, hay dos cosas que pesan de verdad: la carne que acompaña el trío de moles llega seca con más frecuencia de la aceptable, y los platos a veces salen tibios, lo que opaca el plato estrella justo en el momento decisivo. No es un defecto aislado. Reservar con tiempo y pedir los postres, especialmente el mousse de guayaba con mezcal, es una decisión que casi nadie lamenta.
Treinta años recuperando recetas de los rincones del estado: aquí el mole negro no es decoración, es la razón misma por la que existe este lugar. Dónde encontrar la trilogía oaxaqueña - mole, maíz, mezcal - ejecutada con la precisión de quien sabe que no hay segundo acto
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