El Cerro de la Estrella es uno de esos lugares que la ciudad esconde a plena vista: un parque gratuito donde conviven el ejercicio diario, la historia mexica y unas vistas que, en día despejado, abarcan volcanes, valle y metrópoli desde la pirámide del Fuego Nuevo. La subida al mirador, ya sea por el camino pavimentado o por los senderos de tierra que cruzan cañadas y cuevas, es el momento que la mayoría recuerda. En temporada de lluvias el cerro se vuelve verde y denso, casi selvático, y esa transformación enamora a quienes lo conocen así. El museo prehispánico, la clase de zumba en la falda, los vendedores de agua y el tianguis de artesanías completan un ecosistema informal y vivo. Conviene ir acompañado y mantenerse cerca de otros visitantes en zonas de vegetación espesa.
En el corazón de Iztapalapa, el Cerro de la Estrella alberga lo que la mayoría de las ciudades ha perdido: un sitio donde la arqueología respira, donde 380 especies comparten espacio con pirámides mexicas y donde cada lluvia reanima huizaches que dan nombre a la elevación
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