La Marmita es el tipo de lugar que arruina el resto del viaje: después de comer aquí, todo lo demás compite con desventaja. El edificio colorido engancha antes de entrar, y adentro el ambiente ecléctico, cálido y vagamente de casa de abuela termina de bajar la guardia. El pan casero con dips llega sin pedirlo y ya marca el tono. Las cholgas son impresionantemente grandes, la centolla es dulce y fresca, el cordero magallánico se deshace, y la sopa de ajo ha convencido a polacos de que es de las mejores que han probado. El servicio es genuinamente atento: el personal explica los platos, cuida las restricciones alimentarias con seriedad y a veces te invita a la noche de jazz del día siguiente. Un dato práctico que no conviene ignorar: solo aceptan efectivo, y conviene tener billetes antes de llegar.
En La Marmita entienden algo fundamental: la cocina regional no se trata de nostalgia, sino de respeto por el componente. Veinte años trabajando centolla magallánica y guanaco local - cada pieza tratada con el rigor que merece - lo prueba
martes: 12:00–23:30
miércoles: 12:00–23:30
jueves: 12:00–23:30
viernes: 12:00–23:30
sábado: 12:00–23:30
domingo: Cerrado
despejado
↓1° ↑7° 💧89%