Mandolina Polanco es, ante todo, un lugar que entra por los ojos: árboles de limón dentro del salón, luz cálida, una puesta en escena que ya de entrada justifica el viaje. El brunch es su momento más luminoso, con chilaquiles y french toast que generan el tipo de entusiasmo que la gente raramente reserva para el desayuno. Los cócteles tienen carácter propio, la pasta con el show del queso suma al ritual, y el equipo de servicio, cuando está en forma, es genuinamente atento. El reparo que sí pesa es doble: los fines de semana el ritmo de la cocina se rompe y la espera puede volverse larga, y el café, para un lugar de este nivel, decepciona de manera consistente. Llegar con reservación y antes de las diez de la mañana no es capricho, es la clave para vivir la mejor versión del lugar.
Los chilaquiles y el french toast de Mandolina Polanco justifican la reservación, pero vayan entre semana. El salón con limoneros es fotogénico de verdad, aunque los fines de semana la cocina se demora y el servicio apura. El café de filtro no alcanza el nivel del resto
Qué pedir
Los chilaquiles y el french toast son los platos más elogiados; los cocktails también destacan por sabor y porción.
Reservar
Reserva mesa interior y llega antes de las 11 am; en horas pico el servicio se fragmenta y los tiempos se disparan.
Rango de precio
Rango gama media-alta para Polanco; las porciones son generosas, lo que equilibra un poco el ticket.
Ambiente
Espacio con árboles de limón y luz cálida; las mesas interiores son más tranquilas que las del área exterior en horas pico.